Mi Nero es grande, pesado, juguetón. Tan blandengue por dentro como duro por fuera, se diría todo un bonachón, que es todo nobleza. Sólo su rabo es fuerte y macizo cual látigo de ballena.

Lo dejo suelto y se va en busca de los gatos de la vecindad a los que persigue sin desaliento. Lo llamo dulcemente: "Nero, ven aquí, mi Nero", y viene a mí con una impetuosa carrera que parece que le va la vida en ello.

Come de mi mano cuanto le doy. No hay huesos duros de roer para él, los de jamón sobre todos; es un refinado gourmet de frutas y verduras que exige zalamero.

Es tierno y mimoso hasta el empalago. Igual que un niño, que una niña, para él el juego nunca tiene fin: si le tiras un palo, has de hacerlo hasta tu agotamiento.

Una noche escondí su pelota en lo más alto del olivo del jardín. Venía una y otra vez hacia mí gimiendo de impotencia. Al cabo se apostó al pie del árbol con sus ojos de miel clavados en su copa... hasta que vio entre las ramas salir la luna grande y roja. Entonces, comenzó a ladrarle en no sé qué rito ancestral.

Así es Nero, negro como el carbón de las minas de mi pueblo. Mi Nero.

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Comentarios: 2
  • #1

    Adela (jueves, 03 abril 2014 20:59)

    He tenido el placer de conocer a Nero. Te leo y lo veo. Gran corazón de can y a veces dudas de que solo se puede quedar en eso, un can.

  • #2

    antoniomonterroso (viernes, 04 abril 2014 10:47)

    Empieza a hacerse mayor, pero no pierde sus ansias de juego. Me ayuda mucho: en eso no dejo de imitarle