La Granja de Paco Pacorro en pictogramas realizados por alumnos del CEIP Carlos III de La Carlota (Córdoba) España


Portada del libro Don Tomás Alvear, juglar, y siete cuentos más. Pedidos a: Papeles de Le Rumeur Ediciones, lerumeur@hotmail.es  Precio: 10 euros
Portada del libro Don Tomás Alvear, juglar, y siete cuentos más. Pedidos a: Papeles de Le Rumeur Ediciones, lerumeur@hotmail.es Precio: 10 euros

 

 

DON TOMÁS ALVEAR, JUGLAR

 

          Una mañana, Don Tomás Alvear, al sonar el despertador, le dijo a su mujer:

 

          -Buenos días, Felisa,

despierta, que tenemos prisa,

 

          El hombre no tenía ni idea del problema que se le venía encima. Al entrar al cuarto de baño, preguntó casi sin darse cuenta:

 

          -¿Y las cuchillas de afeitar

que no las puedo encontrar?

 

          Felisa barruntó que algo raro le sucedía a su marido cuando en el desayuno le soltó:

 

          - ¿Cómo quieres las tostadas

con miel o con mermelada?

 

          -Cariño, qué poético te has levantado hoy. Hablas en verso mejor que Calderón de la Barca.

 

          Tomás, sorprendidísimo, contestó:

 

          - No digas tonterías, mujer.

Hablo hoy igual que ayer.

 

          Y entonces fue consciente de las rimas que salían de su boca sin él pretenderlo. Y no le dio mayor importancia... al principio.

         

          Mientras se lavaba los dientes, estuvo pensando sobre el comentario de su mujer. Y sus pensamientos también fueron en verso, aunque él no se dio cuenta en ese momento.

 

          “Otros dicen palabrotas

sin que parezcan idiotas.”

 

          Al concluir su aseo, se miró al espejo y empezó a calcular lo bien que podría venirle la poesía para su negocio.

 

          “Ya que hablar en verso sería

un prestigio para su zapatería.”

 

          Pero todas esas ideas que pasaban por su cabeza le inquietaron de repente. ¡Ahora sí se dio cuenta! Sintió cierta preocupación.

 

          “Pues no sólo en verso hablaba,

sino que en verso pensaba.”

 

          Cuando salió de casa con su mujer para ir a la tienda, le dijo a Felisa:

 

          -Vamos, deprisa, mi amor,

¡Nos quitan el ascensor!

 

          Y al encontrarse en el vestíbulo con Don Teodoro, el farmacéutico del sexto, lo saludó así:

 

          -Buenos días, vecino.

Bonito traje de lino.

 

          A lo que contestó el farmacéutico en tono de chufla:

         

          - Buenos días, Don Tomás.

¿Le gusta? Pues, tengo más.

 

          Felisa ya no se pudo aguantar y, al subirse al coche, le dijo visiblemente enfadada:

         

          - Tonterías, las justas, Tomás. Deja de hacerte el gracioso y habla normal, si no quieres ser el hazmerreír del barrio.

         

          Pero, a Don Tomás le resultaba imposible controlar aquella vena poética que se había desatado en su interior. Y sólo acertó a responderle:

 

          - No sé por qué, vida mía,

me salen las poesías.

 

          Felisa se tomó a mal aquella respuesta. Creyó que se burlaba de ella. Así que, cuando Don Tomás la dejó en la parada del autobús, estaba tan enfadada que no se despidió de él con el habitual “que tengas un buen día, cariño”. Más que nada para evitar que le soltara unos nuevos versitos, de ésos tan tontos. Además, tampoco creía que hubiese muchas palabras que terminasen en “–iño”. Aunque ahora que lo pensaba, sí las había: corpiño, niño, guiño, armiño… ¡Uf! ¡Sí había, sí!

         

          La mañana, en la zapatería, empezó muy bien. Nada más abrir las puertas, entró una señora, que buscaba unos zapatos cómodos.

 

          - Pruébese estos mocasines.

¡Le van a quedar de cine!

 

          La señora se los llevó sin rechistar. Al salir le comentó a su amiga:

          - ¡Qué idea tan original! ¡Este comerciante vende zapatos en verso!

         

          Un rato después entró un señor muy serio con un enorme bigote y sombrero de ala ancha.

         

          - Quiero unos zapatos que hagan juego con este sombrero –pidió.

         

          Y al momento, el astuto zapatero le sacó unos zapatos que llevaban en el escaparate toda la vida.

 

          - Estos zapatos de ante

son para el pie como un guante.

 

          El señor del bigote se quedó encantado, pagó y se fue por donde había venido.

 

          “Si esto sigue viento en popa,

pondré una tienda de ropa.”

 

          Tan convencido estaba de que su éxito se debía a sus versos que, antes de poner otro negocio, decidió encargar un rótulo luminoso para su tienda. El rótulo diría:

 

          “Zapatería Alvear,

la elegancia en el andar”

 

          Así pasó toda la mañana, entre clientes, zapatos y versos. La cosa se le complicó un poco cuando, al mediodía, cerró para ir a comer. En el restaurante, el camarero le dio la carta del menú. Don Tomás se encontró con una dificultad insalvable. Le apetecía tomar cocido madrileño, pero no encontraba el nombre de un solo postre que acabase como “madrileño”. ¡Menudo problema! No sabía qué hacer. Sus labios no le obedecían. Parecía como si se los hubiesen pegado. Entonces, se lanzó y pidió:

 

          - Espaguetis a la boloñesa,

acompañados de mayonesa.

 

          El camarero hubiese querido decirle que los espaguetis a la boloñesa no llevan mayonesa, sino salsa de tomate. Pero le pareció que Don Tomás era un poco raro y decidió no complicarse la vida...  Sólo añadió:

         

          - Como usted guste. Y de segundo, ¿qué tomará el señor?

         

          Y don Tomás contestó con rapidez:

                   

          - Estoy algo desganado.

Luego tomaré un helado.

 

          Por la tarde, cuando abrió la tienda, las cosas comenzaron a empeorar. Los versos que le salían con tanta facilidad no eran ahora nada adecuados para su negocio. Y así, cuando estaba probando unas zapatillas de deporte a un joven atleta, le dijo:

 

          - ¡Fantástico! ¡Qué bien le sientan!

Pero sus pies huelen que...

 

          Estuvo a punto de decirlo. Pero se mordió la lengua. De todas formas, el cliente se marchó sin comprar nada.

         

          A continuación tuvo que atender a una señora bastante gorda. La pobre señora entró quejándose de sus zapatos de tacón y afilada puntera:

         

          - ¡Estos zapatos me van a matar! ¿Por qué seré tan presumida? Pero ya no los aguanto más. Sáqueme los zapatos más anchos que tenga, por favor. Y los más cómodos.

         

          Y en aquella situación, a don Tomás sólo se le ocurrió decir:

 

          - Los zapatos de punta fina

no están hechos para cochinas.

 

          La señora se quedó de piedra. Sin pensárselo dos veces, le dio un buen bolsazo a don Tomás y salió de la tienda diciendo:

         

          - Ahí se queda usted, maleducado. ¡Habrase visto!

         

          Don Tomás no supo qué pensar de todo aquello. Ni siquiera en verso. Decidió cerrar la tienda y salir de allí pitando para refugiarse en su casa.

         

          Nada más abrir la puerta, Felisa le lanzó este saludo:

         

          - ¡Hola!, ¿Cómo es que llega tan pronto a casa mi poeta preferido?

 

          - Sí, tú tómatelo a risa...

¡Con lo que sufro, Felisa!

 

          Al verle con un ojo morado, Felisa se asustó. Después de contarle todo lo ocurrido, don Tomás terminó diciendo muy apenado:

 

     - ¡Ay! Esto de hablar en verso

ha resultado perverso.

         

          Felisa decidió que irían a urgencias inmediatamente. Tenía que verlo cuanto antes un otorrinolaringólogo. Don Tomás, con la mente en blanco y la boca abierta, se dejó explorar: garganta, cuerdas vocales... Todo era normal.

                   

          A la mañana siguiente fueron al psiquiatra, por ver si se trataba de algún problema que tenía en su mente. Pero nada. Tampoco. No había ningún trauma de la niñez relacionado con los poetas que estudió en la escuela.

         

          Después acudieron a la consulta de una logopeda muy famosa, que tampoco sabía qué sucedía. Fue muy amable y les dijo que investigaría si se habían dado otros casos y si se había encontrado algún tratamiento, aunque no podía prometerles nada.

         

          Desesperados, acudieron a un médico muy célebre que vivía modestamente en una aldea muy alejada. Les habían dicho que era un verdadero sabio, capaz de curar las enfermedades más extrañas.

         

          Felisa le contó con todo detalle lo que le pasaba a su marido. El médico se quedó pensando un buen rato, miró fijamente a don Tomás a los ojos y le dijo en verso, con una gran tranquilidad:

         

          - Se acabaron sus cuidados,

Ya su mal ha terminado.

 

          Inmediatamente, don Tomás se sintió curado y salió de la consulta más contento que unas castañuelas. Iba tan despreocupado que pisó una cáscara de plátano y se dio un golpe descomunal en la cabeza. El pobre hombre se desmayó y perdió el conocimiento. Cuando se despertó, estaba en el hospital y todo daba vueltas a su alrededor. Al reconocer a su mujer, sin venir a cuento, empezó a recitar:

 

          Pues con esto y un bizcocho

hasta mañana a las siete.

Perro ladrador,

poco peligroso.

Ande yo caliente

y ríase mi vecino.

 

          Lo mejor de todo era que recitaba con gran naturalidad y sin ningún esfuerzo.

         

          - ¿Te das cuenta, Tomás? -le dijo su mujer-. Puedes evitar las rimas. Ya no hablas en verso. ¡Estás curado!

         

          Y, efectivamente, así fue. De algo tan raro como lo que había tenido don Tomás Alvear sólo se podía decir esto:

 

          Fue producto del destino,

          y se fue tal como vino.


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